Por Jorge Ottati
Mientras millones de niños en Latinoamérica, Europa y otras partes del mundo conocieron el coleccionismo a través de los famosos álbumes de figuritas, en Estados Unidos se desarrolló una cultura muy diferente: los niños coleccionaban trading cards, especialmente tarjetas deportivas.
La diferencia no era solamente el formato, sino también la manera de coleccionar. Un álbum tradicional establece una estructura: existen espacios numerados y el objetivo es conseguir una determinada figurita para colocarla en cada uno de ellos hasta completarlo. En el mundo de las trading cards, en cambio, el coleccionista podía decidir qué quería coleccionar y cómo quería construir su colección.

Un niño podía concentrarse exclusivamente en las tarjetas de su jugador favorito, reunir las de su equipo profesional preferido, coleccionar todos los integrantes de una determinada temporada o incluso buscar jugadores de una universidad. Esto último adquirió una importancia especial en Estados Unidos, donde el deporte universitario tiene una enorme tradición: un aficionado podía comenzar siguiendo a los jugadores de su universidad y, años después, continuar coleccionando sus tarjetas cuando esos mismos jugadores llegaban a la NBA, la NFL, la MLB u otras ligas profesionales.
Esta libertad convirtió a las trading cards en algo más que un simple pasatiempo infantil. La colección podía crecer de acuerdo con los intereses, la personalidad y los conocimientos de cada aficionado. Dos niños podían comprar paquetes de la misma colección y terminar con colecciones completamente diferentes.
La historia de las trading cards en Estados Unidos comenzó mucho antes, pero fue durante las décadas de 1980 y 1990 cuando el mercado empezó a transformarse radicalmente. La tarjeta dejó de ser simplemente una fotografía de un jugador con algunos datos estadísticos y comenzó a convertirse en un producto de colección cada vez más sofisticado.

En ese contexto aparece una figura que terminaría convirtiéndose en uno de los mayores símbolos de esta industria: Michael Jordan. Su llegada a la NBA en 1984 coincidió con una transformación del baloncesto profesional y con la expansión de la NBA. Jordan no solamente se convirtió en uno de los mejores jugadores de la historia; se transformó en un fenómeno cultural y comercial que ayudó a llevar el interés por las tarjetas de básquetbol a una audiencia mucho mayor.
La 1986-87 Fleer Michael Jordan Rookie Card se convirtió en una de las tarjetas deportivas más reconocidas de todos los tiempos. La imagen de Jordan en pleno vuelo, combinada con su extraordinario éxito en la NBA y su impacto cultural, hizo que su tarjeta trascendiera el ámbito deportivo.

La revolución de los años 90
Un momento decisivo llegó a comienzos de los años 90 con Upper Deck. La compañía revolucionó el mercado de las tarjetas deportivas con su primera colección de la NBA, correspondiente a la temporada 1991–92, introduciendo estándares de producción y presentación mucho más sofisticados.
La fotografía de alta calidad, los diseños innovadores y una mayor atención al acabado ayudaron a transformar las trading cards en productos premium de coleccionismo. Jordan se convirtió además en la figura más importante de Upper Deck y mantiene con la compañía un acuerdo de exclusividad, consolidando una relación que se ha prolongado durante décadas.
Durante los años 90 se produjo además otro cambio fundamental. En lugar de limitarse a producir una tarjeta básica de cada jugador, las compañías comenzaron a crear múltiples versiones de una misma tarjeta. Aparecieron las llamadas parallels, versiones con diferentes colores, diseños, acabados, numeraciones o niveles de escasez.
Una misma imagen de Michael Jordan podía existir en una tarjeta base relativamente común y, al mismo tiempo, en versiones mucho más difíciles de conseguir. Algunas podían estar limitadas a cientos de ejemplares, otras a decenas y, en determinados casos, a un único ejemplar. La escasez comenzó a convertirse en uno de los principales elementos para determinar el valor.

Las compañías también empezaron a experimentar con nuevos materiales y conceptos. Aparecieron tarjetas con autógrafos originales de los jugadores, tarjetas que incorporaban fragmentos de camisetas, pantalones e incluso madera de los rectángulos de juego así como ediciones especiales con materiales preciosos, incluyendo tarjetas que incorporaban finas capas de oro de 22 quilates.
La tarjeta dejó así de ser simplemente una fotografía. Podía convertirse en una pieza numerada, firmada, limitada y acompañada de un fragmento de la historia deportiva del jugador.
El fenómeno Pokémon
Mientras el mercado deportivo evolucionaba, Pokémon proporcionó un impulso extraordinario a toda la industria de las trading cards. Su éxito amplió enormemente el público del coleccionismo y demostró que las tarjetas podían ir mucho más allá del deporte. Pokémon consiguió atraer a una nueva generación de niños y adolescentes y, con el paso del tiempo, también a adultos coleccionistas. Las tarjetas podían ser simultáneamente un juego, un objeto de colección y un activo de alto valor. La fiebre por las cartas Pokémon es tan grande que algunos fanáticos hacen filas desde la madrugada frente a las tiendas para ser los primeros en comprar nuevas cajas de tarjetas. Para muchos coleccionistas, conseguir una carta rara puede convertirse en una verdadera búsqueda del tesoro.

En el 2022, Logan Paul sorprendió al mundo al mostrar su rara tarjeta Pikachu Illustrator, que había comprado en el 2021 por 5,28 millones de dólares. La lució durante su debut en WWE, llevándola en una cadena de diamantes. La tarjeta, creada como premio de un concurso de arte japonés de 1998, tiene solo unas 40 copias conocidas y es la única calificada PSA 10. En febrero del 2026, Paul la vendió por 16,49 millones de dólares, estableciendo un récord mundial para una tarjeta coleccionable.
El fenómeno contribuyó a ampliar y revitalizar una industria que ya no dependía exclusivamente del béisbol, el básquetbol, el fútbol americano o el hockey, sino que incorporaba videojuegos, entretenimiento y cultura popular.
De pasatiempo accesible a mercado de inversión
Durante buena parte de su historia, las trading cards fueron un pasatiempo relativamente accesible. Los niños podían comprar paquetes, intercambiar tarjetas con sus amigos y guardarlas en las tradicionales carpetas con hojas plásticas.
Pero esa cultura comenzó a cambiar. Algunas tarjetas dejaron de considerarse simplemente recuerdos para convertirse en activos coleccionables. La aparición de versiones extremadamente limitadas y el desarrollo del grading hicieron que la condición de una tarjeta pudiera tener un impacto enorme sobre su precio.
Un ejemplo sencillo permite dimensionar esta transformación. Una tarjeta Hoops de Michael Jordan de 1991 que en aquella época podía encontrarse en convenciones de coleccionismo por menos de un dólar, hoy puede superar los $300 incluso sin haber sido graduada.

Con el tiempo, además, surgió un mercado de inversores y coleccionistas con un elevado poder adquisitivo. Hoy es habitual que en las grandes convenciones estadounidenses se puedan observar transacciones de decenas de miles de dólares por tarjetas graduadas, especialmente cuando se trata de ejemplares raros de jugadores legendarios.
La era del grading
En este nuevo mercado, las tarjetas más valiosas ya no suelen guardarse simplemente en una carpeta. Muchos coleccionistas las envían a compañías especializadas como PSA (Professional Sports Authenticator). Sus expertos examinan la tarjeta y evalúan aspectos como el centrado, las esquinas, los bordes y la superficie, además de verificar determinados aspectos de autenticidad. Posteriormente, la pieza queda encapsulada en un estuche plástico rígido, sellado y acompañado de su calificación y número de certificación. La explosión de la demanda de este servicio ha sido enorme. Dependiendo del momento y del tipo de servicio contratado, los coleccionistas pueden encontrarse con demoras de muchos meses e incluso alrededor de un año para recibir nuevamente sus tarjetas graduadas. El fenómeno ilustra hasta qué punto el grading se ha convertido en una parte esencial de la industria.
La paradoja es evidente: las tarjetas que durante décadas los niños guardaban juntas en carpetas de hojas plásticas hoy pueden terminar individualmente protegidas dentro de pequeños estuches certificados y negociarse como piezas de colección de altísimo valor.

Michael Jordan: 23 años después, el interés no decae
Hay otro elemento que hace particularmente extraordinario el fenómeno Jordan: el paso del tiempo no parece haber disminuido el interés por su figura. Han transcurrido 23 años desde su último partido como profesional en la NBA, pero Michael Jordan continúa generando una demanda extraordinaria entre coleccionistas e inversores. Sus tarjetas siguen siendo protagonistas de convenciones, subastas y transacciones privadas, y las piezas más exclusivas continúan alcanzando precios elevados.
El fenómeno también demuestra que el mercado no depende exclusivamente de una generación que vio jugar a Jordan. Su imagen continúa siendo reconocida por nuevas generaciones que conocieron su legado a través de documentales, videojuegos, redes sociales, la cultura de los Air Jordan sneakers y la permanente presencia de su marca, Jordan, en la cultura popular.
La tarjeta más cara de MJ
El valor que puede alcanzar una pieza excepcional quedó demostrado con una tarjeta autografiada 1997-98 Upper Deck Game Jersey Michael Jordan, que incorpora un fragmento de camiseta utilizado durante el All-Star Game de 1992. La pieza fue vendida privadamente a través de Goldin Auctions por 4,25 millones de dólares, convirtiéndose en la tarjeta individual de Michael Jordan por la que más dinero se ha pagado.

La tarjeta recibió una calificación PSA 6, mientras que el autógrafo obtuvo una calificación PSA 9. El precio demuestra que, en el segmento más alto del mercado, el valor depende de una combinación de rareza, condición, autenticidad, procedencia, memorabilia, firma y relevancia histórica. El fenómeno Jordan también refleja la enorme dimensión alcanzada por esta industria. A la fecha se han impreso 16.367 tarjetas diferentes de Michael Jordan, un récord que evidencia la magnitud de su legado y el interés sostenido de la industria y de los coleccionistas por su figura.
La evolución es extraordinaria. Lo que comenzó para millones de niños estadounidenses como un simple pasatiempo de abrir un paquete, intercambiar tarjetas con los amigos y guardar a sus jugadores favoritos en una carpeta, se ha convertido en una industria sofisticada en la que conviven nostalgia, coleccionismo, lujo, inversión y especulación. Y pocas figuras representan mejor esa transformación que Michael Jordan: desde la tarjeta que un niño podía comprar por menos de un dólar hasta piezas únicas que hoy pueden alcanzar millones de dólares.
Veintitrés años después de su último partido en la NBA, Michael Jordan sigue demostrando que su valor como ícono trasciende ampliamente los rectángulos de juego. En el mercado de las trading cards, su nombre continúa funcionando como una de las marcas más poderosas y reconocibles del coleccionismo deportivo.
