Por Jorge Ottati

La NBA se ha convertido en una de las ligas deportivas más exitosas y rentables del mundo, pero también una de las que genera mayor debate sobre la relación entre ingresos, salarios, riesgo económico e incentivos para los atletas.

El funcionamiento financiero de la liga está determinado por el Collective Bargaining Agreement (CBA), un acuerdo negociado entre los propietarios de las 30 franquicias y el sindicato de jugadores (NBPA). Este convenio no es solamente un acuerdo salarial: establece las reglas fundamentales de la NBA, incluyendo la distribución de ingresos, el límite salarial, los contratos, las excepciones salariales, las condiciones laborales y numerosos mecanismos destinados a mantener el equilibrio competitivo.

Uno de los puntos centrales del CBA es el reparto del llamado Basketball Related Income (BRI), que incluye ingresos provenientes de derechos televisivos, entradas, patrocinios, merchandising y otras actividades relacionadas con el negocio del básquetbol. Bajo el acuerdo actual, los jugadores reciben aproximadamente el 50 % de esos ingresos.

Es importante aclarar que esto no significa que cada jugador recibe automáticamente la mitad del dinero generado por la liga. Se trata de un reparto colectivo que luego se distribuye mediante la estructura salarial establecida por el convenio. Sin embargo, representa una participación extraordinaria en comparación con la mayoría de los deportes profesionales.

La combinación entre un reparto cercano al 50 % de los ingresos y un sistema de contratos garantizados convierte a la NBA en un modelo único. Los jugadores tienen una protección económica muy superior a la existente en muchas otras ligas, mientras que las franquicias asumen gran parte del riesgo financiero cuando una inversión deportiva no produce los resultados esperados.

Este es un aspecto que muchos aficionados de la NBA fuera de los Estados Unidos desconocen: los salarios de los jugadores están vinculados a los ingresos que genera la liga. Como la NBA aumenta año tras año sus ganancias por televisión, patrocinios, entradas y otros negocios, también crece el dinero destinado a los jugadores. Por eso, cuando aumentan los ingresos de la liga, los equipos pueden ofrecer contratos cada vez más millonarios. En definitiva, los jugadores ganan más porque la NBA genera cada vez más dinero.

Para comprender el tamaño del negocio, basta observar los salarios actuales. Para la temporada 2026-27, el salario mínimo para un jugador sin experiencia en la NBA se ubica en 1,36 millones de dólares anuales. El salario promedio de un jugador de la liga ronda los 13 millones de dólares por temporada, mientras que el jugador mejor pagado será Stephen Curry, con aproximadamente 63 millones de dólares.

Estos números muestran una realidad económica extraordinaria: un jugador que llega a la NBA puede alcanzar ingresos millonarios en una etapa muy temprana de su carrera, incluso antes de haber demostrado su valor durante varias temporadas al máximo nivel.

Aquí aparecen algunas de las preguntas centrales del debate: ¿cómo afecta esta seguridad económica temprana a los incentivos deportivos? ¿Es posible que un jugador que ya tiene garantizada una fortuna antes de jugar su primer partido como profesional mantenga el deseo de superarse, entrenar al máximo y buscar convertirse en una estrella?

Los defensores del sistema responden que esos salarios son una consecuencia lógica del valor que generan los jugadores. Sin ellos, no existirían los ingresos multimillonarios de televisión, publicidad, entradas y patrocinadores. Desde esa perspectiva, los atletas reciben una parte justa del negocio que ellos mismos crean. Los críticos, en cambio, señalan que el modelo puede reducir la relación directa entre recompensa y rendimiento, especialmente cuando los contratos son totalmente garantizados.

Para entender el impacto real de los contratos, también es necesario analizar la masa salarial (payroll) de cada equipo. La masa salarial representa el total de dinero que una franquicia compromete en salarios de jugadores durante una temporada.

Para la temporada 2026-27, el límite salarial de la NBA se encuentra aproximadamente en 165 millones de dólares por equipo, mientras que el gasto mínimo obligatorio ronda los 149 millones. Los equipos que superan ciertos niveles ingresan en zonas de impuesto de lujo y deben pagar penalizaciones económicas adicionales.

Un contrato máximo firmado con un jugador que posteriormente pierde disponibilidad por lesiones puede limitar seriamente la capacidad de una franquicia para reforzar su equipo. El problema no es que la lesión sea culpa del jugador: las lesiones forman parte del deporte profesional. La cuestión es quién absorbe la mayor parte del impacto económico cuando ocurre.

Uno de los elementos más discutidos del sistema en la NBA es que la mayoría de los grandes contratos están garantizados. Esto significa que un jugador puede firmar acuerdos de cientos de millones de dólares y continuar recibiendo su salario aunque disminuya su rendimiento, pierda protagonismo, juegue muchos menos partidos o una lesión grave le impida competir durante meses. Además, cuando un jugador es enviado a otro equipo, su contrato lo acompaña. La nueva franquicia debe asumir las obligaciones económicas restantes, incluso si el jugador ya no tiene el mismo nivel deportivo que cuando firmó el acuerdo original. El debate real no es si un jugador debe estar protegido. La discusión es si el equilibrio actual entre protección, responsabilidad e incentivos está correctamente distribuido.

Uno de los ejemplos más conocidos es el de Grant Hill. Después de convertirse en una de las grandes figuras jóvenes de la NBA con Detroit Pistons, Hill firmó en el año 2000 un contrato de siete años por 93 millones de dólares con Orlando Magic. La expectativa era enorme. Orlando había conseguido unirlo con Tracy McGrady y esperaba construir una de las mejores duplas de la liga. Sin embargo, una grave lesión de tobillo cambió completamente el escenario. Durante sus primeros cuatro años con Orlando, Hill disputó solamente 47 de los 328 partidos posibles de temporada regular, perdiéndose aproximadamente el 86 % de los encuentros. A pesar de eso, Orlando Magic continuó pagando su contrato garantizado.

El caso de Hill es especialmente importante porque, más de 25 años después, continúa siendo uno de los ejemplos más utilizados para analizar los contratos garantizados. El jugador recibe protección frente a una situación médica real, pero la franquicia debe asumir durante años el costo económico de una inversión deportiva que dejó de producir resultados en la cancha.

Más de dos décadas después, la NBA modificó diferentes aspectos del convenio colectivo, pero la estructura fundamental de los contratos garantizados permanece. Por eso situaciones similares continúan apareciendo.

Uno de los ejemplos modernos más utilizados por los críticos del sistema es el de John Wall. En el 2017, Washington Wizards le otorgó una renovación de contrato por 171 millones de dólares. En ese momento, la decisión tenía una lógica deportiva: Wall era una de las grandes figuras de la NBA, había sido cinco veces All-Star y era considerado uno de los mejores bases de la liga.

Sin embargo, las lesiones modificaron completamente el escenario. Una combinación de problemas físicos, incluyendo una grave lesión del tendón de Aquiles, limitó su participación durante varios años. Wall no disputó ningún partido en la temporada 2019-20. En la temporada 2020-21 regresó, pero solamente jugó 40 partidos, lejos de su mejor nivel. En la temporada 2021-22, mientras pertenecía a Houston Rockets, no jugó ningún encuentro debido a la decisión del equipo de no utilizarlo dentro de su proceso de reconstrucción, aunque su contrato seguía garantizado.

El caso Wall resume una de las mayores críticas al modelo actual: una franquicia puede comprometer más de 170 millones de dólares con un jugador que en el momento de la firma parece una inversión lógica, pero luego puede quedar limitada durante años cuando las lesiones impiden que esa inversión produzca resultados deportivos.

Otro caso utilizado para entender el funcionamiento económico de la NBA es el de Mike Conley. En el 2016, Memphis Grizzlies le otorgó un contrato de cinco años por 153 millones de dólares, convirtiéndolo en el jugador mejor pagado de la NBA en ese momento. El caso de Conley, quien era un buen jugador pero nunca había sido elegido para el All Star Game ni integrado quintetos ideales de la liga, mostró una característica particular del sistema: las reglas salariales pueden producir situaciones donde el basquetbolista con el contrato más alto de todos no necesariamente sea considerado una superestrella.

Todos estos ejemplos llevan a una pregunta más amplia: ¿qué ocurre cuando un jugador obtiene una seguridad económica extraordinaria antes de haber demostrado completamente su valor en la NBA?

La comparación más frecuente se realiza con otro deporte: el fútbol. En el resto del mundo, un joven futbolista que debuta en primera división generalmente comienza con un salario mucho menor. Debe ganar minutos, consolidarse, convertirse en figura y demostrar durante años que merece un contrato millonario. En la NBA, especialmente para jugadores seleccionados en posiciones altas del draft, el camino puede ser diferente. La expectativa de talento puede traducirse rápidamente en contratos importantes antes de que el jugador haya probado su nivel contra la competencia profesional.

Además, hay una diferencia que es fundamental entre la NBA y el fútbol: en este último deporte, los sindicatos de jugadores no establecen que clubes como Real Madrid, Manchester City o PSG deban entregar un porcentaje fijo de sus ingresos a sus futbolistas. Cada club negocia sus salarios y contratos dentro de las reglas de su competición.

En conclusión, la NBA creó un sistema económico extraordinariamente exitoso. Los jugadores reciben la mitad de los ingresos de la liga, las franquicias generan enormes beneficios y el espectáculo se convirtió en uno de los productos deportivos más valiosos del mundo. Al mismo tiempo, ese modelo genera preguntas legítimas sobre el equilibrio entre recompensa y responsabilidad.

Los casos de Grant Hill, John Wall y otros jugadores muestran que las lesiones pueden cambiar una carrera en cualquier momento y justifican la existencia de cierta protección económica. Pero también muestran que, después de más de 25 años desde algunos de los primeros grandes debates sobre contratos garantizados, la NBA mantiene una estructura donde gran parte del riesgo financiero continúa concentrándose en las franquicias.

La pregunta clave no es si los jugadores merecen o no ganar millones de dólares. Son una parte esencial del negocio y generan el espectáculo que produce esos ingresos. La pregunta es si el sistema actual encuentra el equilibrio correcto entre proteger al atleta frente a circunstancias imprevisibles, premiar el rendimiento y la disponibilidad, mantener incentivos para la mejora constante y distribuir de manera justa el riesgo económico entre jugadores y propietarios.