Por el Prof. Jorge Ottati Folle

El VAR se implementó con el objetivo de reducir los errores humanos en decisiones arbitrales clave, como goles, penales, tarjetas rojas directas y situaciones de fuera de juego. Fue utilizado por primera vez en un Mundial en Rusia 2018 y, desde entonces, las opiniones sobre su valor y utilidad siguen estando profundamente divididas.

Mi postura es que el VAR puede ser una buena herramienta siempre y cuando no sea manipulada por quienes la utilizan. Considero que su intención original fue corregir errores graves y evidentes, y no intervenir de manera constante interrumpiendo el desarrollo natural del encuentro. Si una jugada debe analizarse durante cinco minutos, es porque la acción en sí misma no fue clara, y en esos casos la intervención pierde sentido.

El fútbol es un deporte donde el error está siempre presente: desde un arquero al que se le escapa la pelota entre las manos, un delantero que falla un gol increíble, hasta un defensor que calcula mal una acción y comete una infracción. El árbitro, como figura principal del partido, corre junto a los jugadores y está expuesto a equivocarse por falta de ángulo o por una obstrucción visual. Ese margen de error también forma parte del fútbol. Por ello, el uso excesivo del VAR le quita responsabilidad al árbitro dentro del campo de juego.

Existen situaciones en las que una segunda opinión puede resultar acertada, como una tarjeta amarilla que podría ser roja o una posible mano dentro del área. Sin embargo, en las jugadas de fuera de juego prefiero mantener el criterio del árbitro asistente y del juez principal, al menos hasta que se modifique la regla más compleja del fútbol: la regla 11. Revisar estas acciones durante varios minutos, en cámara lenta y con trazado de líneas milimétricas, cambia por completo la naturaleza de la decisión.

El fútbol siempre ha sido un deporte de interpretación arbitral, pero el abuso del VAR ha terminado por anular en muchos casos la función del árbitro principal y de sus colaboradores. Hoy se habla más del VAR que del árbitro del encuentro, lo que ha derivado en una disminución de la calidad arbitral, ya que muchos jueces confían en que el VAR corregirá sus errores. El árbitro es la única persona con autoridad para tomar la decisión final; el VAR debería tener el mismo estatus que el resto del equipo arbitral y limitarse a asistirlo. Sin embargo, en numerosas ocasiones se ha visto cómo la presión desde la sala VAR influye en el cambio de decisión del árbitro principal.

En definitiva, la solución pasa por una mejor y constante capacitación de los árbitros, no solo en el conocimiento del reglamento, sino también en la toma de decisiones bajo presión y en la interpretación del juego. Del mismo modo, es fundamental garantizar que quienes integran el VAR sean profesionales verdaderamente idóneos, con experiencia en el arbitraje y una comprensión profunda del fútbol, capaces de trabajar como un verdadero equipo junto al árbitro principal y sus colaboradores de campo, y no como bandos enfrentados. El VAR debe cumplir un rol claro y limitado: ser una herramienta de apoyo para corregir errores manifiestos, y no un sustituto del criterio, la personalidad y la autoridad arbitral. Solo de esta manera la tecnología podrá contribuir a mejorar el juego sin desnaturalizar su esencia ni debilitar la figura del árbitro dentro del campo de juego.