Por Jorge Ottati
LeBron James logró lo que parecía imposible: convertirse, de la noche a la mañana, en el basquetbolista más odiado en los Estados Unidos. ¿Alguien podía imaginar que los fanáticos de los Cavaliers iban a quemar en las calles las camisetas de LeBron? ¿Alguien podía suponer que las mismas personas que durante siete años lo idolatraron y le aceptaron todos sus defectos iban a reaccionar de esta manera?
Y esta repulsión generalizada hacia LeBron no se limita solamente a la ciudad de Cleveland y sus alrededores, sino que abarca todo Estados Unidos, con la excepción de Miami, la nueva ciudad que eligió para vivir y jugar al básquetbol.
Lo que más le molestó a la gente en Cleveland fue que LeBron hiciera un programa especial de una hora de duración, que eligiera al periodista que lo iba a entrevistar, que le colocara como título a dicho programa “La decisión” y que al momento de anunciar con qué equipo iba a firmar su nuevo contrato dijera las palabras “South Beach”, en lugar de decir Miami, que es la ciudad donde en realidad se encuentra ubicado el Heat. Haber mencionado South Beach fue una bofetada a los habitantes de Cleveland, que saben que su ciudad es el polo opuesto a la zona más famosa de Miami.
LeBron los abandonó; se fue para siempre del frío invierno de Cleveland para disfrutar del eterno verano de la ciudad de Miami. Y se fue al Heat, para unirse con sus amigos Dwyane Wade y Chris Bosh, con los cuales hacía tiempo venía manejando la idea de jugar juntos en un mismo equipo.
Lo peor no fue la decisión de abandonar Cleveland, sino el despliegue que realizó en Miami, en el AmericanAirlines Arena, ante 13 mil personas que deliraron al verlo caminar por un escenario con la camiseta número 6 del Heat, al mejor estilo de una estrella del rock. Hubo humo, música, fuegos artificiales, un festejo reservado a los vencedores de un título, no a tres basquetbolistas que todavía no han jugado juntos un solo partido oficial.
Aquellos que defienden a LeBron, que cada vez son menos, dicen que ahora sí podrá ser parte de un buen equipo para ganar un título. Se olvidan que los Cavs han tenido marcas excelentes en temporada regular, pero han fracasado en la postemporada. Fueron barridos en las Finales en el 2007, perdieron ante el Magic en el 2009 cuando eran los favoritos y volvieron a decepcionar este año ante los Celtics. Y lo que es peor, LeBron, el líder de los Cavs, quien antes de ingresar a la NBA se autodenominó “El Rey” y “El Elegido”, no quiso seguir luchando y se rindió en dicha serie de playoffs.
La prensa estadounidense le perdonó todos sus desplantes, miró hacia otro lado cada vez que alguien osó criticarlo y nunca se cuestionó un hecho que salta a la vista… ¿cómo es posible que una persona tan alta (2.03 m.), tan musculosa y de tanto peso (118 kg.) sea a la vez la más rápida en toda la NBA? Su velocidad no es normal. Hace unos años, el propio LeBron reconoció que nunca hizo pesas y que no le gustaban los suplementos vitamínicos. Cuando le cuestionaron cómo era posible que tuviera un físico esculpido al mejor estilo de un físicoculturista sin realizar el esfuerzo natural para llegar a tener esa musculatura, LeBron se limitó a contestar: “Soy un fenómeno de la naturaleza”.
En el resto del mundo, la noticia fue que LeBron cambió de equipo; aquí, sin embargo, se habla de traición. LeBron se cansó de jugar en Cleveland y se fue a Miami, para intentar ganar un anillo, divertirse con sus amigos y ser el anfitrión de las fiestas más lujosas en el sur de la Florida, con las celebridades de la música, el cine y la televisión a sus costados.
Solo el tiempo dirá si la decisión de jugar con Wade en el Heat fue la correcta y si ganará tantos títulos como los que prometió. Pero una cosa es cierta: LeBron volvió a confirmar algo que solo ocurre en los Estados Unidos. A la gente le gusta crear ídolos y elevarlos a la altura de dioses, pero no hay nada que disfrute más esa misma gente que hacerlos caer de su pedestal.

